Cuando el racismo se mete en la forma en que nos vemos
Soraya Mohamedi Mohamed · Experta en procesos de duelo y adaptación · Ubuntu Canarias · 11 min de lectura · Publicado el 25 de octubre de 2026
La doble conciencia de W. E. B. Du Bois y el desgaste psicológico de vivir bajo la mirada ajena
Hay personas que, antes de hablar en una reunión, solicitar un empleo o entrar en un lugar nuevo, ya están pensando en cómo serán percibidas.
Se preguntan si su acento despertará desconfianza, si su nombre condicionará una oportunidad o si tendrán que demostrar más que los demás para recibir el mismo reconocimiento. A veces estas preguntas nacen de experiencias anteriores. De situaciones que se repiten hasta que una persona empieza a anticiparlas incluso antes de que sucedan.
El racismo tiene consecuencias que no siempre se ven. Algunas aparecen en las oportunidades que se cierran; otras, en el esfuerzo cotidiano de desenvolverse en una sociedad donde todavía existen prejuicios sobre el origen, el color de piel o la procedencia familiar.
Hay un desgaste que resulta difícil de explicar a quien nunca ha tenido que pensar en cómo será recibido por su nombre, su aspecto o su historia familiar. Es el esfuerzo de participar en una situación y, al mismo tiempo, estar pendiente de cómo nos están juzgando.
La doble conciencia: vivir con una mirada que te juzga
En 1903, el sociólogo, historiador y activista afroamericano W. E. B. Du Bois desarrolló el concepto de doble conciencia en su obra The Souls of Black Folk (Las almas del pueblo negro).
Du Bois reflexionaba sobre la experiencia de las personas negras en una sociedad marcada por la segregación y la desigualdad racial. Describió la tensión de conocerse a uno mismo y, al mismo tiempo, percibirse a través de la mirada de una sociedad que atribuye inferioridad a la propia identidad.
No hablaba simplemente de tener dos identidades o de sentirse dividido entre dos culturas. Su planteamiento abordaba algo más profundo: las consecuencias de construir una imagen de uno mismo en una sociedad que cuestiona el propio valor.
Su reflexión nació de un contexto histórico concreto, el de la población negra estadounidense. No todas las experiencias de racismo son iguales y sería un error equipararlas. Sin embargo, su pensamiento ofrece una perspectiva útil para analizar qué sucede cuando la mirada discriminatoria de los demás empieza a influir en la manera en que una persona se percibe.
Pensemos en una mujer que acude a una entrevista de trabajo. Tiene formación, experiencia y capacidades para el puesto. Mientras responde a las preguntas, también está pendiente de si su acento influye en la conversación, de si tendrá que justificar su trayectoria o de si un error será interpretado como una confirmación de los prejuicios que existen sobre su origen.
Su atención está dividida. Tiene que afrontar la entrevista y, a la vez, gestionar la posibilidad de ser juzgada por razones ajenas a su competencia.
Cuando esto ocurre de manera repetida, la persona puede terminar dedicando una parte considerable de su energía a anticipar reacciones, controlar su comportamiento y evitar situaciones que puedan exponerla de nuevo al rechazo.
Cuando el rechazo empieza a afectar a la imagen que tenemos de nosotros mismos
He conocido esta realidad desde dos lugares: el de mi propia experiencia y el de mi trayectoria profesional acompañando a personas migrantes, población local y personas de segundas y terceras generaciones de familias migrantes en cuestiones relacionadas con la identidad, el duelo migratorio y la autoestima.
En mi propia vida hubo situaciones de rechazo por mi origen y mis apellidos. No fueron únicamente miradas que yo pudiera interpretar de distintas maneras. Hubo ocasiones en las que el motivo del rechazo fue explícito. Y aquellas experiencias me afectaron profundamente.
En el colegio, en la universidad y en otros espacios, cuando alguien pronunciaba mi nombre y mis apellidos, varias personas se giraban para mirarme. Llegué a anticipar ese momento cada vez que comenzaba en un lugar nuevo.
También escuché muchas veces «no pareces marroquí». Me preguntaba qué habría ocurrido si sí lo pareciera, si me habrían aceptado de la misma manera o si aquella aparente excepción era precisamente lo que facilitaba mi aceptación.
En mi entorno familiar había aprendido a estar alerta ante el racismo. Esa alerta tenía detrás experiencias reales, pero acabé pendiente de demasiadas señales. A veces, antes de saber qué iba a suceder, ya me preparaba para un posible rechazo.
Lo más difícil fue reconocer hasta qué punto me estaba afectando. Sentía una profunda injusticia, pero me costaba aceptar que aquellas experiencias habían llegado a influir en la percepción que tenía de mí misma. La indignación por el trato recibido convivía con una sensación de inferioridad que no quería reconocer.
Durante un tiempo, incluso preferí que algunas personas no conocieran mi nombre completo para evitar comentarios sobre mi origen. Me sentía de aquí, pero a veces me hacían sentir extranjera. En otros contextos, también percibía que no se me consideraba plenamente marroquí.
Con los años tuve que trabajar en mi propia manera de entender la identidad y la pertenencia. Aprender a aceptar las dos partes de mi historia significó dejar de vivirlas como si una tuviera que justificar la existencia de la otra.
Comparto esta experiencia porque el racismo puede llegar a afectar a la relación que mantenemos con nosotros mismos. No porque todas las personas racializadas vayan a vivir el mismo proceso, sino porque el rechazo repetido puede dejar una huella que merece ser reconocida.
En el trabajo de acompañamiento social y psicológico, estas experiencias requieren escucha y atención. No podemos atribuir todo malestar a la discriminación, pero tampoco podemos separar automáticamente el sufrimiento individual de las condiciones sociales en las que se produce.
El cansancio de tener que demostrar quién eres
Cuando el rechazo se repite, algunas personas comienzan a vigilar su comportamiento con especial intensidad. Piensan mucho antes de hablar, intentan evitar cualquier gesto que pueda interpretarse negativamente o sienten que deben acreditar constantemente su preparación.
En otros casos, el desgaste aparece después del encuentro: repasar una conversación, preguntarse si se ha sido demasiado directo o demasiado prudente, intentar averiguar por qué alguien ha respondido de determinada manera.
Estas reacciones pueden ser formas de anticipar el rechazo o de protegerse frente a experiencias anteriores. No constituyen por sí mismas un trastorno psicológico. Para comprenderlas necesitamos conocer la historia de cada persona y las circunstancias en las que se desenvuelve.
También conviene distinguir entre estar alerta porque se han vivido situaciones reales de discriminación y asumir que cualquier interacción negativa tiene necesariamente ese origen. La diferencia no siempre resulta fácil de establecer, especialmente cuando existen antecedentes de rechazo. Por eso, escuchar sin invalidar y explorar cada situación sin imponer una explicación son partes esenciales del acompañamiento.
Hay una cuestión que merece atención: cuando alguien debe dedicar demasiada energía a gestionar los prejuicios ajenos, puede disponer de menos espacio mental para aprender, relacionarse, descansar o desarrollar sus proyectos.
El problema no está en la identidad de esa persona. También está en las condiciones que la obligan a permanecer alerta.
¿Qué podemos hacer cuando no podemos acudir a terapia?
Recomendar atención psicológica puede ser adecuado, pero muchas personas no pueden pagarla o encuentran dificultades para acceder a los servicios disponibles. Mientras buscan apoyo, existen prácticas que pueden ayudarles a comprender lo que sienten y cuidar su bienestar.
Distinguir nuestra propia valoración de la mirada ajena
Después de una situación difícil, podemos preguntarnos: «¿Qué pienso realmente de mí? ¿Qué temo que piensen los demás? ¿Qué parte de lo que estoy sintiendo se relaciona con lo que ha ocurrido y qué parte viene de experiencias anteriores?».
Estas preguntas no pretenden poner en duda nuestra percepción del racismo. Ayudan a reconocer cuándo los prejuicios ajenos empiezan a convertirse en la medida con la que nos juzgamos.
Dar nombre a lo ocurrido sin culpabilizarnos
Escribir qué sucedió, qué sentimos y qué necesitamos puede ayudar a ordenar una experiencia. Si hubo discriminación, no tenemos que convencernos de que no ocurrió. Si no sabemos con certeza qué motivó una reacción, podemos reconocer esa incertidumbre sin negar lo que sentimos.
Buscar relaciones en las que podamos expresarnos sin justificarnos constantemente
Una amistad, una asociación o un grupo comunitario pueden ofrecer un espacio para compartir experiencias con personas dispuestas a escuchar. En ocasiones, comprobar que otras personas han vivido situaciones parecidas ayuda a reducir la sensación de aislamiento. Conviene, además, encontrar relaciones que permitan hablar de estas experiencias sin que toda nuestra identidad quede definida por ellas.
Aprender a poner límites
No tenemos la obligación de responder a todos los comentarios racistas, educar a quien nos discrimina ni demostrar nuestra valía en cada encuentro. A veces será necesario señalar lo ocurrido, pedir apoyo o denunciar. En otras circunstancias, alejarnos puede ser la decisión más segura. No existe una única respuesta válida para todas las situaciones.
Reconocer cuándo estamos agotados
El descanso, las rutinas y las actividades que nos ayudan a desconectar no resuelven el racismo. Pueden, sin embargo, ayudarnos a recuperar fuerzas. Si el malestar se mantiene, afecta al sueño o dificulta la vida cotidiana, conviene buscar orientación sanitaria o psicológica. Los servicios públicos y las entidades sociales pueden informar sobre recursos disponibles, incluidos aquellos que no requieren pagar una consulta privada.
Recuperar una identidad que no dependa de demostrar nada
Nuestro origen forma parte de nuestra historia, pero no agota quiénes somos. También somos nuestras capacidades, relaciones, intereses, decisiones y proyectos. No necesitamos convertirnos en una excepción a los prejuicios de otras personas para merecer respeto.
Estas pautas pueden ayudar a ordenar lo que sentimos y a recuperar margen de decisión. No sustituyen la atención psicológica cuando se necesita ni eliminan las causas sociales del sufrimiento.
La responsabilidad no puede recaer en quien recibe el daño
Sería injusto convertir estas herramientas en una receta para que las personas discriminadas aprendan a soportar mejor el racismo.
La responsabilidad de cambiar esta realidad corresponde también a las empresas que seleccionan personal, a las instituciones que prestan servicios, a los profesionales que acompañan procesos sociales y a quienes reproducen prejuicios en la vida cotidiana.
En la intervención social, debemos revisar cómo tratamos a las personas, qué expectativas depositamos en ellas y hasta qué punto nuestras prácticas favorecen su autonomía y su participación. Una persona no debería tener que demostrar que es competente, respetable o merecedora de ayuda antes de recibir un trato digno.
Acompañar exige escuchar la experiencia de cada persona sin reducirla a una etiqueta. También exige reconocer que el sufrimiento puede estar relacionado con condiciones sociales que esa persona no ha elegido.
Du Bois nos dejó una reflexión sobre el coste humano de vivir bajo una mirada que niega la igualdad. Recuperarla hoy implica preguntarnos qué estamos haciendo para que esa mirada pierda poder, dentro y fuera de nuestras instituciones.
El camino hacia una relación más libre con uno mismo no consiste en dejar de sentir el daño ni en fingir que el rechazo no importa. Empieza cuando podemos reconocer lo que nos ha ocurrido sin aceptar el prejuicio como una verdad sobre nuestro valor.
Nadie debería tener que emplear su energía en demostrar que merece ser tratado como un igual.
En Ubuntu Canarias defendemos una intervención social que atienda las necesidades concretas de las personas, respete su autonomía y contribuya a construir espacios donde el origen no determine el reconocimiento, las oportunidades ni el trato recibido.