Nadie debería pedir permiso para ser quien es
Soraya Mohamedi Mohamed · Ubuntu Canarias · 8 min de lectura
En Canarias compartimos guaguas, aulas, obras, mercados y cocinas de hotel con personas que han llegado de lugares muy distintos. Esa convivencia existe, y en muchos barrios funciona mejor de lo que a veces se cuenta. Pero estar cerca no significa que el racismo haya desaparecido. A menudo solo se ha vuelto más discreto, más difícil de nombrar.
Quiero hablar de esa forma discreta. No de la agresión ni del insulto a gritos, que casi todo el mundo rechaza, sino de lo que ocurre en las relaciones cotidianas, incluso entre personas que se aprecian.
«No puedo ser racista, tengo amigos de fuera»
Es probablemente la frase más repetida cuando se habla de este tema. Quien la dice suele creerla de verdad, y no hay motivo para dudar de su buena intención. El problema es que mezcla dos cosas distintas: el afecto que sentimos por una persona concreta y la idea que tenemos del grupo al que pertenece.
La psicología social lleva décadas estudiando esta cuestión. En los años cincuenta, Gordon Allport formuló la llamada hipótesis del contacto: relacionarse con personas de otros grupos puede reducir los prejuicios. Pero señaló también las condiciones para que eso ocurra. El trato tiene que ser de igual a igual, con objetivos compartidos, desde la cooperación y con un entorno que apoye esa igualdad. No es lo mismo convivir con alguien en condiciones de igualdad que tenerlo cerca en una relación desigual: la persona que nos cuida a un familiar, el compañero al que siempre le tocan los peores turnos, la vecina a la que saludamos sin saber nada de su vida.
Estudios posteriores han confirmado que el contacto suele ayudar, pero no basta por sí solo. Es habitual que alguien mantenga intactos sus prejuicios sobre un grupo mientras considera a su amigo «una excepción». La frase «tú no eres como los demás» lo resume bien: suena a cumplido, pero deja el prejuicio en su sitio.
Lo que he vivido
Me he criado entre dos culturas, la marroquí bereber y la española, y hablo de esto también desde mi propia experiencia.
He tenido amistades que durante años fueron muy buenas. Personas con las que compartí confidencias, celebraciones y etapas importantes. Y, sin embargo, en algunas de ellas, el día que surgía un enfado aparecía la palabra «mora». Otras veces me enteraba de que, a mis espaldas, se hablaba de mí desde los prejuicios de siempre. Y a menudo era más sutil: cuando algo de mi carácter no les encajaba, la explicación era mi origen. Si era directa, era por ser de donde soy. Si tomaba una decisión que no entendían, también.
Lo que más me hizo pensar no fue el insulto, sino darme cuenta de que el prejuicio había estado ahí todo el tiempo, esperando el momento de salir. La amistad era real, pero no lo había hecho desaparecer. Solo lo mantenía en silencio mientras todo iba bien.
Cuento esto porque sé que no es una experiencia solo mía. Muchas personas migrantes, o hijas de migrantes, la reconocerán.
El racismo cotidiano
Hay un nombre para esas pequeñas situaciones que se repiten: microagresiones. El término lo propuso el psiquiatra Chester Pierce en los años setenta y hoy se usa mucho en psicología. Son gestos, comentarios o preguntas que, aunque no busquen hacer daño, transmiten a una persona que no pertenece del todo al lugar donde vive.
A alguien nacido en Gran Canaria le preguntan de dónde es «de verdad». A una mujer migrante con estudios universitarios le hablan despacio y alto, como si no fuera a entender. Se da por hecho que alguien trabaja en la limpieza o en el campo por su acento o por su forma de vestir. Se felicita a alguien por lo bien que habla español cuando es su lengua materna.
Ninguna de estas escenas parece grave si se mira sola. Pero quien las vive no las vive solas. Se suman durante años y dejan un cansancio difícil de explicar a quien no lo ha sentido: la sensación de tener que demostrar todo el tiempo que se tiene derecho a estar aquí. Ese estado de alerta constante tiene un coste en la autoestima, en el ánimo y en las ganas de participar en la vida del barrio o del trabajo. Muchas personas acaban retirándose de los espacios donde se sienten vigiladas, y esa pérdida es también de quienes las rodean.
Donde el prejuicio cierra puertas
Hay dos terrenos donde estas actitudes dejan de ser incómodas para convertirse en obstáculos reales: el empleo y la vivienda.
En el empleo, una persona puede cumplir con la formación y la experiencia que pide una oferta y no pasar del primer filtro. A veces por el apellido, a veces por la foto, a veces por una titulación extranjera que nadie se detiene a valorar. Quien selecciona no siempre es consciente de estar descartando por esos motivos, y precisamente por eso es tan difícil cambiarlo.
En la vivienda ocurre algo parecido. Quien busca piso con acento extranjero conoce bien las llamadas en las que el piso deja de estar disponible de repente, o en las que se piden garantías que a otras personas no se les exigen.
Lo llamativo es que, detrás de esas decisiones, hay muchas veces personas que en su vida privada tienen amigos de otros orígenes y no se consideran racistas. Probablemente no lo son en el sentido en que solemos usar esa palabra. Pero sus decisiones, sumadas, dejan a gente fuera.
Intención e impacto
Una distinción que ayuda mucho es separar la intención del impacto. La mayoría de las veces nadie quiere discriminar. Pero que no haya mala intención no borra el efecto. Si un comentario o una decisión hacen sentir a alguien extranjero en su propia ciudad, el daño existe aunque nadie lo buscara.
Reconocerlo no obliga a vivir con culpa ni con miedo a equivocarse. Pide otra cosa: escuchar cuando alguien nos dice que algo le ha dolido, en lugar de contestar que no era para tanto. Preguntarnos de dónde vienen algunas ideas que damos por ciertas y si las hemos comprobado alguna vez. Y, cuando vemos un trato injusto en una tienda, en el trabajo o en un grupo de WhatsApp, atrevernos a decir algo. Un «eso no está bien» a tiempo cambia mucho la situación para quien lo está viviendo.
Hay además discriminaciones que no dependen de lo que diga nadie, sino de cómo están organizadas las cosas: requisitos que una persona recién llegada no puede cumplir, información disponible solo en español, trámites que nadie explica. Mirar también ahí es parte del trabajo.
Lo que depende de cada persona
Hay algo que, desde mi experiencia, no siempre se dice cuando se habla de racismo. Solemos poner la esperanza en las leyes, en los planes y en las campañas antirracistas. Son necesarias, y no les quito valor. Pero no creo que el racismo, ni la huella que deja, se superen solo esperando a que otros los apliquen. A veces, cuando estas iniciativas se plantean desde fuera y sin contar con las personas a las que afectan, pueden incluso reforzar la idea de que somos un grupo aparte que necesita ser protegido.
Para mí, una parte importante del camino está dentro de cada persona de origen diferente: quien ha migrado, quien ha nacido aquí de padres que llegaron de fuera, quien ha crecido entre dos culturas, como yo.
Tiene que ver con la responsabilidad de quererse y de sentirse valiosa con la propia singularidad. Sin pretender ser más que nadie, pero tampoco menos. Con reconocer todo lo que una puede aportar: las lenguas, la experiencia de haber empezado de cero, la capacidad de entender dos maneras de ver el mundo.
Y también con aceptar algo difícil: habrá gente que te rechace. A veces por ignorancia, a veces por miedo a lo que no conoce. Ese rechazo duele, pero no habla de tu valor. Habla de sus límites.
Esto no quita responsabilidad a quien discrimina, ni significa que haya que aguantarlo todo en silencio. Significa no dejar que la mirada de otros decida quién eres. Para mí, esa es la forma más honda de superarlo: ser la mejor versión de ti, aquí o allí.
Desde Ubuntu Canarias
En la asociación acompañamos a personas migrantes en su integración social y laboral: orientación para el empleo, información sobre trámites y extranjería, y difusión semanal de ofertas en varios idiomas. En ese trabajo vemos cómo pesan los prejuicios, y también cómo cambian las cosas cuando alguien decide tratar a otra persona como a un igual, y cuando esa persona empieza a tratarse también a sí misma así.
No partimos de la idea de tolerar la diferencia. Partimos de algo más sencillo y más exigente: que cada persona tenga los mismos derechos, reciba el mismo trato que cualquier otra y pueda reconocer su propio valor.
La convivencia ya está aquí. Que sea justa nos toca a quienes la compartimos, a quienes tienen el poder de abrir puertas y a quienes, cada día, se atreven a cruzarlas sin pedir permiso para ser quienes son.