Me casaron el mismo año que me gradué
Por Mariam El Ouali
Fez
Una historia compartida en Voces del Mundo
En Ubuntu Canarias creemos que cada persona tiene una historia que merece ser escuchada.
Con Voces del Mundo queremos abrir un espacio donde las propias personas puedan compartir sus experiencias, sus culturas y sus sueños en primera persona, contribuyendo a una sociedad más abierta, diversa e intercultural.
Las historias que publicamos no pretenden representar la experiencia de todas las personas que las comparten. Cada una refleja una realidad personal, con circunstancias, desafíos y esperanzas propias. Precisamente esa diversidad de voces es la que enriquece este proyecto.
Hoy compartimos el testimonio de Mariam El Ouali, nacida en el sureste de Marruecos, en una región donde para muchas niñas la educación primaria marca el final de su etapa escolar. Mariam nos cuenta cómo sostuvo un sueño durante más de una década hasta hacerlo realidad.
Soy una chica marroquí originaria de la región del sureste, una zona conocida por sus tradiciones y costumbres duras hacia las mujeres. Allí, cuando una chica termina la educación primaria, se despide de los estudios definitivamente y empieza a prepararse para el matrimonio. Entre nosotros, los 16 años es la edad adecuada en la que las posibilidades de casarse son mayores, y a veces se casan antes de esa edad; cuanto más crece la edad de la chica, menos posibilidades tiene de casarse.
En cuanto a mí, crecí en ese ambiente y era una alumna aplicada. Recuerdo que desde tercero de primaria era siempre la primera de mi clase. Mi padre se alegraba mucho de ese logro y se sentía orgulloso de mí en las reuniones familiares. Veía sus ojos brillar de alegría, lo que me daba más entusiasmo y ánimo para esforzarme más.
Terminé la primaria y, como de costumbre, fui la primera de mi clase. Ahí llegó el momento decisivo: ¿terminaría mis estudios? El instituto de secundaria quedaba a media hora en bicicleta de nuestra zona, y además nuestra cultura impedía a las chicas continuar estudiando por esa razón y porque se consideraba prioritario prepararlas para el matrimonio. Y aquí vino la sorpresa.
En mi último día en la escuela primaria, el maestro que me había dado clase en tercero llamó a mi padre a la escuela, elogió mi dedicación y mi buena educación, y animó a mi padre a que me dejara continuar los estudios, orientándolo hacia el director del instituto al que pasaría. Mi padre reaccionó positivamente ante las palabras del maestro y fue enseguida a ver al director, quien a su vez ofreció una serie de incentivos: que la hija del director me acompañara en el camino, ya que vivía cerca de nosotros y tenía mi misma edad; que nos pusieran en la misma clase; y que nos dejaran quedarnos dentro del centro durante el descanso entre el turno de mañana y el de tarde. Estos incentivos fueron suficientes para convencer a mi padre de aceptar que continuara mis estudios.
Así se cumplió mi primer sueño. No os oculto lo que sufrieron mis padres por las críticas en nuestro pueblo, pues lo consideraron un desafío hacia ellos, pero ambos se mantuvieron firmes frente a eso. Yo, por mi parte, asumí toda la responsabilidad de estudiar con esfuerzo y de aprobar con sobresaliente; fui la primera de nuevo, como de costumbre, esta vez a nivel de todo mi centro, durante tres años seguidos. Así terminó la etapa de secundaria con un éxito destacado, pero al final de ese último año ocurrió lo que ya se esperaba.
Un día, al volver de clase como siempre, encontré a mi padre hablando de un tema con mi madre. Por sus gestos supe enseguida que era algo importante. Me llamó para que me sentara a su lado y me dijo que el hijo de un amigo suyo me había pedido en matrimonio y que yo ya tenía la edad adecuada para ello. También me dijo que me mudaría a vivir a la ciudad en cuanto me casara. La noticia cayó como un rayo sobre mi pecho: yo llegaba con la noticia de mi éxito y mi graduación de secundaria, y era recibida con la noticia de un matrimonio que ponía fin definitivamente a mi sueño de estudiar.
Por supuesto, me negué, lloré y le supliqué a mi padre que rechazara al pretendiente, pero él no aceptó, alegando que el marido reunía todas las cualidades de un buen esposo y que yo había llegado a la edad adecuada para casarme según las costumbres y tradiciones. En ese momento no tuve voz ni voto; me vi obligada a enterrar mi sueño y a cumplir el sueño de mi padre de verme como esposa en mi propia casa.
Un año después, me casé con el hombre que mi padre había elegido y me mudé a vivir a la ciudad de Fez, sumergiéndome en los detalles de la vida matrimonial y sus responsabilidades. Sin embargo, nunca olvidé el sueño de terminar mis estudios algún día. Siempre le hablaba a mi marido de ese sueño; a veces él respondía con un «si Dios quiere», y otras veces me recordaba la responsabilidad de criar a los hijos y que esa era la prioridad de una mujer de casa.
Pero nunca me rendí. Tenía la certeza absoluta de que algún día terminaría mis estudios y demostraría a todos que era capaz de equilibrar mi hogar y mis sueños.
Pasaron nueve años así, hasta que llegó el periodo de inscripción para el bachillerato libre. Le supliqué a mi marido que me dejara inscribirme, prometiéndole que estudiaría solo en casa hasta el periodo de exámenes. Aceptó a regañadientes, pero no importaba: por fin empezaba a oler el éxito. Compré los resúmenes de las materias y comencé a prepararme para el examen. Y en efecto, aprobé en la convocatoria ordinaria, lo que me permitió entrar en la universidad, de la que me gradué tres años después con una licenciatura en Estudios Islámicos, sin haber perdido ni un solo año. Después me presenté al examen de acceso al máster y me gradué con ese título dos años más tarde. En esta etapa también me presenté a las oposiciones de profesorado de secundaria y las aprobé, gracias a Dios. Luego me presenté al doctorado y también lo aprobé.
Ahora soy doctoranda en la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah de Fez, y profesora de la asignatura de Educación Islámica, y madre de dos jóvenes maravillosos. Todo esto ha sido posible gracias a Dios, todopoderoso, y después a mi padre, a mi marido y a mi hermana, que me apoyó durante mi etapa de estudios mientras yo, ya casada, tenía la responsabilidad de los hijos.
Por último, agradezco a todos los que, de cerca o de lejos, tuvieron parte en el cumplimiento de mi sueño, y espero que mi historia sea una inspiración para quien lucha por alcanzar sus metas en esta vida.
Una mirada para seguir construyendo puentes
En Ubuntu Canarias creemos que escuchar historias como la de Mariam nos ayuda a entender que el acceso a la educación de las mujeres no es igual en todas partes, y que sostener un sueño durante años, entre responsabilidades y decisiones que no siempre se eligen, también es una forma de fortaleza.
Su testimonio recuerda que las trayectorias vitales no siguen una única línea recta, y que el tiempo, cuando se acompaña de constancia, puede abrir caminos que en un momento dado parecían cerrados.
Escuchar estas voces nos invita a mirar la igualdad de género y la identidad desde una perspectiva más humana, basada en el respeto, el conocimiento mutuo y la convivencia intercultural.
Nota editorial. Este testimonio ha sido publicado con la autorización de su autora, Mariam El Ouali. El contenido refleja exclusivamente la experiencia y las opiniones personales de quien lo firma.

Tu historia también merece ser escuchada.
Cada experiencia aporta una mirada única sobre el mundo. En Voces del Mundo queremos seguir construyendo un espacio donde las personas puedan compartir sus historias, sus culturas y sus aprendizajes para acercarnos unos a otros.