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Testimonio

Mi sueño se llama Ubuntu


Fundadora y presidenta de Ubuntu Canarias · Psicóloga

Ilustración en acuarela de Soraya Mohamedi rodeada de escenas de su historia: Melilla, la frontera, las montañas del Gurugú, su familia y personas migrantes que reciben orientación

Voces del Mundo: historias en primera persona

En Ubuntu Canarias sabemos que detrás de cada trayectoria migratoria hay una persona con su propia mirada, su propia voz y su propia manera de contarla.

Por eso creamos Voces del Mundo: un espacio donde quienes han vivido esa experiencia —o la han acompañado de cerca, como es el caso de hoy— pueden compartirla con sus propias palabras, sin intermediarios, para tender puentes entre culturas.

Ninguna historia habla en nombre de todas las demás. Cada testimonio es único, con su propio contexto y aprendizajes, y es justamente esa pluralidad de voces la que da sentido a este proyecto.

Hoy compartimos un segundo testimonio de Soraya Mohamedi Mohamed Al Founty, fundadora y presidenta de Ubuntu Canarias. Si en «Las dos gafas con las que aprendí a mirar el mundo» nos habló de crecer entre dos culturas, aquí cuenta la historia familiar y personal de la que nació Ubuntu Canarias.

Testimonio

Mi sueño se llama Ubuntu

Vengo de una familia de inmigrantes. Somos amazigh, de Marruecos, y en casa siempre se ha contado que nuestra historia empieza en Al-Ándalus. De allí mi familia fue expulsada a Melilla y después, doblemente expulsada, a Marruecos. Por eso digo que la migración no la he aprendido en los libros: la llevo en los genes.

Mi padre, aunque de origen marroquí, nació español. Mi abuelo, de la familia Founty, fue de los primeros en conseguir la nacionalidad en Melilla, gracias a un favor de Franco. La familia de mi madre tuvo otra historia. Bajaron a Melilla desde las montañas del Gurugú, y mi abuelo, paradójicamente, emigró a pocos kilómetros de su tierra. Vivió allí años sin nacionalidad, como mucha gente de Ceuta y Melilla. En el resto de España, con años de residencia, la situación se podía resolver; allí se complicaba por cuestiones territoriales y políticas. Siempre me pareció injusto.

Yo nací en Melilla. Pero mi abuela paterna, por razones que todavía hoy no entiendo, no quería que fuera española, y me registraron en Nador. Crecí con mi padre, que era español, siendo yo extranjera, porque mi madre lo era. Así hasta los 14 años, cuando mi madre inició un proceso legal para que me reconocieran española por mi padre. Lo consiguió. Ella obtuvo su nacionalidad años después que yo.

Sé lo que es vivir como extranjera siendo española, y también como española siendo marroquí. Tengo las dos nacionalidades, aunque en España no puedo usar la marroquí. Cuando viajo a Marruecos con mi documentación española, allí me reconocen como marroquí y hasta me hacen descuento en los museos. Todavía me hace gracia.

Desde niña he estado rodeada de estas historias y de lo que todo el mundo opinaba sobre ellas. De joven me casé con un marroquí que más tarde se nacionalizó español por su cuenta. Mi segundo marido también era de origen extranjero. Mis hijos son una mezcla de culturas.

Mi tercer marido era tunecino. Cuando lo conocí estaba en situación irregular, y viví esa realidad con él, desde dentro. Con todo el respeto, yo la llamo «la situación fantasma administrativa», porque hay momentos en los que esa persona no existe para nadie, a veces ni para las ONG, porque no encaja en sus requisitos. Fue muy duro.

Después de casarnos por la mezquita, quisimos hacerlo también por el juzgado. La funcionaria lo denegó porque consideró que era un matrimonio de conveniencia. No puedo hablar por él, pero por mí no lo era. Yo estaba enamorada de verdad, y aquella entrevista me rompió el alma. Soy fuerte y resiliente, pero fue humillante: me trataron como si hubiera cometido un delito. Entiendo que haya que proteger los procedimientos, pero la humanidad no debería olvidarse nunca.

Soy licenciada en Psicología y me he formado en terapia transpersonal y en coaching. Durante años trabajé con personas migrantes y con segundas y terceras generaciones, acompañando procesos de duelo migratorio y todo lo que se remueve cuando alguien deja su tierra. Aun así, siempre tuve el deseo, casi la necesidad, de volver a donde empecé, a mis primeros años trabajando con inmigrantes en Granada.

Ahora he vuelto, pero no como antes. Vuelvo con mi experiencia de vida, mi formación y mi recorrido profesional, y sé lo que pasa por dentro de quien emigra porque lo he vivido y porque lo he acompañado. Eso es lo que pongo al servicio de Ubuntu Canarias, que nació junto a un grupo de personas de orígenes diversos con la misma inquietud.

Ubuntu es una palabra africana que se suele traducir como «yo soy porque nosotros somos». Pensando en mi familia, en mis abuelos, en mis hijos y en tantas personas migrantes que he conocido, no encontré un nombre mejor. Mi sueño es que quien llegue a Canarias sepa a dónde acudir y encuentre a alguien que le explique, le oriente y le acompañe durante una parte del camino.

Una historia que da nombre a un proyecto

En Ubuntu Canarias creemos que saber de dónde venimos ayuda a entender lo que hacemos. Esta historia explica por qué la asociación pone el foco en informar, orientar y acompañar, y por qué pensamos que las normas y la humanidad no tienen por qué estar reñidas.

Si quieres saber cómo trabajamos, visita Qué hacemos.

Nota editorial. Este testimonio ha sido publicado con la autorización de su autora, Soraya Mohamedi Mohamed Al Founty, fundadora y presidenta de Ubuntu Canarias. El contenido refleja exclusivamente la experiencia y las opiniones personales de quien lo firma.

Persona compartiendo su testimonio migratorio

Tu historia también merece ser escuchada.

Cada experiencia aporta una mirada única sobre el mundo. En Voces del Mundo queremos seguir construyendo un espacio donde las personas puedan compartir sus historias, sus culturas y sus aprendizajes para acercarnos unos a otros.

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